miércoles, 15 de julio de 2015

Descripción de escena (apocalíptica)

Tres filas de asientos flanquean dos largos pasillos que corren longitudinalmente a través de los distintos compartimientos. La vista alcanza a entrever el movimiento del personal del otro lado de la cortina. Mujeres con el pelo recogido, pañuelo al cuello, camisa blanca debajo de un saco azul marino a tono con la pollera hasta la rodilla y zapatos de taco. Hombres de camisa blanca y pantalón del mismo azul que las mujeres, zapatos negros y corbata. Todos visten lo mismo mientras van y vienen, ubicando a las personas y sus bártulos, intentando  garantizar la circulación de las zonas transitables, lidiando con el mal humor y la impaciencia de niños y ancianos, acostumbrados a estas emociones o ansiosos y expectantes por ellas. 
Los asientos son cómodos, aunque la falta de respaldo para la cabeza obliga a encorvar la espalda y tocar con las rodillas la parte trasera del asiento de adelante, que ya de por si está lo bastante cerca como para incomodar a la mayoría de los hombres y mujeres de más de un metro ochenta de altura. La proximidad de los compañeros de viaje, a izquierda y derecha, inhibe la posibilidad de girar hacia un lado, encoger las piernas e intentar negar lo inevitable:  en breves instantes, cuando los niños tengan que dejar de pararse sobre sus asientos para molestar a aquellos que tengan la desgracia de estar a su alrededor; cuando los uniformados de sonrisa forzada dejen de circular, se paren al frente del largo pasillo y comiencen a explicarnos las funestas posibilidades que se avecinan y los recaudos que tendríamos que tomar en dicha eventualidad; cuando el uso del cinturón de seguridad sea obligatorio, las posibilidades de detener esa locura y huir sean remotas y toda resistencia sea fútil, entonces esa mole de miles de kilogramos de acero, cargada con otros miles de kilogramos de seres humanos, comenzará a moverse lentamente por una pista asfaltada, lentamente, para ganar distancia. Dará un giro de 180° y entonces sí comenzará a avanzar, acelerando en dirección a un alambrado lejano.
Un sudor frío corre por mi espalda, siento un cosquilleo en el estómago, mi corazón late más rápido y estoy pensando en lo inminente de mi muerte y lo superficial del motivo que me puso en esa situación. De repente tomo conciencia de la gran cantidad de pantallas que nos rodean: cada lugar tiene la suya en el respaldo del asiento de adelante, al frente del habitáculo hay otra más grande, pensada más para un living que para esa lata en la que estamos todos metidos. Imagino la sensación de estar alcanzando la velocidad adecuada para intentar despegar del suelo: los músculos se tensarán y los oídos comenzarán a zumbar; las azafatas, que ya estarán sentadas, se abrocharán los cinturones de seguridad y empezaré a sentir como mi espalda se presiona contra el asiento, que ya no será tan cómodo como al principio. La más terrible de las visiones se aparecerá frente a mí, por la diminuta ventana cuadrada que se encuentra a cada extremo de la línea de asientos: los edificios de la terminal aeroportuaria irán disminuyendo su tamaño hasta que no vemos nada más que nubes sobre el cielo celeste. 
Maldigo la hora en que acepté participar de esa locura, imagino que podría haber tomado un barco, demorado unos días más (muchos días más) pero que en caso de alguna desgracia, que se hundiera el barco, por ejemplo, podría haber nadado hasta la civilización, por mis propios medios o con la ayuda de delfines (que siempre se solidarizan con los náufragos), o me podría haber acostumbrado a vivir sólo en una isla, como en las películas. Pero en un vuelo desde Buenos Aires hacia Lima no existe masa de agua que pueda detener mi eventual caída, así que solo queda desesperar, acostumbrarme a la incomodidad del viaje, al terror pánico de estar suspendido a muchos kilómetros del suelo y al efecto adormecedor de la pastilla que me tomé antes de subir al avión.

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