La invitación decía, en una caligrafía muy prolija y apretada: "Cena a las 9 en mi casa. Trae el postre". Estaba firmada por Pedro, el mismo que años antes había decidido mudarse fuera del país, exactamente al otro extremo del planeta, en una búsqueda espiritual de algún tipo que nadie supo comprender en su momento. "Parece que encontró lo que buscaba o se cansó de buscarlo, en cualquiera de los casos es bueno tenerlo de vuelta"- pensó Juan, mientras armaba un cigarrillo y miraba, despreocupado, recetas en una revista de cocina. Se conocían con Pedro desde su más tierna infancia, habían compartido juguetes, ropa, incluso los enseres de bebe que formaban parte de la prehistoria de ambos. El parecido físico, durante la infancia, solía desconcertar a los más despistados de los adultos: era moneda corriente que a uno le dijeran el nombre del otro, que a Pedro (que había mamado la pasión por el Club Atlético Independiente desde bebé) le regalaran una camiseta de Racing, el club del cual era fanático Juan, o que las consecuencias de las travesuras infantiles las pagara uno (generalmente Pedro) y no el otro.
A sus padres siempre les pareció lo correcto tratar a ambos con equidad, aunque los temperamentos, a diferencia de las características físicas, no evolucionaran conforme a una carga genética hereditaria sino al contacto social y a las elecciones personales: Juan sospechaba en Pedro una necesidad de diferenciarse de él, una falta de oxígeno agobiante cuando se encontraban cara a cara, una falta de empatía que se traslucía en las miradas frías, llenas de asco, que Pedro le dedicaba. Supuso que el viaje habría sepultado viejos rencores, que quizás fueran sólo producto de su imaginación, o rispideces propias de la adolescencia, sin ninguna importancia. Al mirar el reloj, se dió cuenta de cuánto tiempo había perdido en sus cavilaciones, se fumó su cigarrillo, eligió una receta de la revista y puso manos a la obra.
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"Pedro está irreconocible". Esa fue la primera impresión que le causó el reencuentro. De la rubia cabellera con rulos y de los cachetes rosados y algo regordetes, no quedaba nada. El hombre que estaba ahora parado frente a él, de poco más de treinta años de edad, parecía un hombre mucho mayor, con la cara enjuta, una pronunciada calva que le comenzaba en el meridiano de la cabeza, en una linea imaginaria que unía los lóbulos de sus orejas pasando sobre sus parietales. Habría llevado la cabeza rapada hace algunos días, pero por lo visto, hacía tiempo que no se aseaba, se había dejado la barba y el cuero cabelludo sucio diagnosticaban la urgencia de un baño. Se sintió obligado a señalárselo, a riesgo de agriar el temperamento volátil de su anfitrión. Pedro respondió: "Tenés razón, perdí la noción del tiempo, hace días que no salgo más que a encargar comida y comprar cigarrillos. Hablando de eso, me quedé sin un solo pucho, ¿me armarías uno de esos que fumás vos? Mientras me voy a dar una ducha, sentite como en tu casa, hay cerveza en la heladera y compré unas cosas para picar. Ya vengo."
"Este tipo me dice que me sienta como en mi casa -pensó Juan- ¡obvio que me voy a sentir como en mi casa, si acá pasé veinte años de mi vida!" Lo tomo como un comentario casual, armó el cigarrillo, lo dejó en la mesa ratona y fue a la cocina a procurarse una cerveza, dos vasos y un pote para poner los manies. Miró a su alrededor: la casa seguía exactamente igual a como la recordaba, un poco desordenada, como era esperable de Pedro: ceniceros y vasos con cerveza a medio tomar, ropa sucia y libros repartidos por el piso, todo como siempre, todo muy Pedro. A los cinco minutos apareció él, con la toalla anudada a la cintura. La imagen impactó a Juan: "ah bueno, desde acá te puedo contar las costillas, ¿hace cuanto que no te comés un buen bife o algo contundente?"-dijo. "Hace 20 años, pelotudo, desde que eramos dos pibes y nos teníamos que bancar al insoportable de tu padre persiguiéndonos para que almorzáramos en casa todos los sábados: carne estofada, asado, milanesas, ravioles con boloñesa, hasta a las medialunas les ponía jamón, así terminó ese gordo nefasto". "¡Más respeto que es tu padre también!" dijo Juan. "Fue mi padre, ahora soy una persona distinta. Para eso te invité esta noche, tengo que discutir algo con vos -respondió Pedro- vamos al living que el guiso vegetariano que preparé ya debe estar listo, vas a ver que no hace falta ponerle carne a todo para que esté rico."
Pasaron entonces al living, donde la vieja mesa de madera que usaban en las reuniones familiares, multitudinarias, estaba completamente desplegada; en cada punta de la mesa un individual señalaba el puesto a ocupar, una distancia de casi dos metros entre uno y otro. Pedro trajo el cuenco de porcelana que usaba su madre cuando tenía invitados y quería lucirse, metió el cucharón y sirvió a Juan una porción abundante en su plato. Luego cruzó bordeando la mesa y se sirvió un poco, apenas suficiente para cubrir el fondo del plato. "Además de vegetariano, anoréxico. Como siga así se lo va a llevar el viento", pensó Juan. "¿Qué es eso tan importante que me tenés que contar?" dijo. "Necesito que te mueras" -soltó Pedro, sin sacarle un ojo de encima, sin inmutarse, claro y fuerte para que no hubiera posibilidad de malinterpretarlo. "¿Qué me estas diciendo, salame?¿ Cómo que querés que me muera?". Pedro dejó la cuchara apoyada a un costado de su plato, se sacó la servilleta del regazo, se paró y se dirigió hacia Juan, cruzando nuevamente el borde de la mesa. Tomó asiento junto a él, apoyó los codos en la madera, juntó las manos y le dijo: "Así como lo escuchaste. Estuve pensando y me parece que es momento de que reciba un resarcimiento por todos estos años de vivir bajo tu sombra. Creeme que no te lo pediría si no fuera necesario. Intenté todo, hice todo lo que pude para diferenciarme de vos, darte tu espacio... hasta crucé el mundo para no verte más, que no me confundieran más con vos. Pero viste como es esto, levantás una piedra y aparece un argentino, hasta en los lugares más impensados. Me cansé de que se me queden mirando y me digan: "¿vos no sos el gordito boludo que hacía la propaganda de salchichas? Estás hecho mierda." Y cuando se les mete una idea en la cabeza no los podés convencer de lo contrario: "Que no, que soy el hermano, que no lo conozco, que el gordito sigue siendo gordito y metiéndose nueve panchos al mismo tiempo en la televisión, todos los días, en el programa del hijo de Tinelli."
"De algo hay que vivir ¡che! Además hace tiempo que dejamos de vender panchos, ahora me como cinco alfajores y los bajo con Nesquik, me diversifiqué" dijo Juan con orgullo. "Te vi el otro día" -respondió Pedro-"esa porquería te va a terminar matando. Mejor haceme un favor a mi y morite ahora, más fácil y en familia, ¿no te parece?". "¿Cómo quiere que me muera ahora, así sin más, como si fuera sólo cuestión de proponérselo?" pensó Juan, y su hermano pareció leerle el pensamiento: "Mirá bien en el plato: ¿te acordás que sos alérgico al gluten? Esos daditos que parecen carne son una variación de la receta de pan chapati que aprendí en la India, vas a reventar como un chancho a menos que te pongas tu inyección." "Para, ¡ayudame! tengo una jeringa que me sobró de la grabación del programa el otro día, en el bolsillo de afuera del morral" -dijo Juan mientras comenzaba a respirar agitadamente. La cara se le estaba poniendo colorada, el borde de los labios mostraba un leve sarpullido y sus manos, tensas, se aferraban a los apoya-brazos de la silla preferida de su padre, el primer Gada en explotar por los aires debido a la sobre-ingesta. "No, no está más ahí -dijo Pedro- la tiré a la basura cuando fuiste a la cocina a buscar la cerveza. A menos que se te ocurra otra opción, te vas a tener que morir". "¡Pará! Buscá en mi morral, hay plata, mucha plata, me pagaron varios meses atrasados en el canal, quedate con eso y traeme la jeringa". "¿Vos te crees que me vas a arreglar con plata? Yo lo único que necesito es que me dejen de confundir con vos, poder ir por la vida siendo el único Gada con vida, borrar la mancha que le trajiste vos a esta familia." "No te quiero arreglar con plata" -dijo Juan aferrándose a la vida- "con esa plata te podes hacer una operación de cambio de sexo, podes ir a hacerte un DNI de mujer y listo, hacemos de cuenta que no nos conocemos".
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La idea lo había golpeado como una cachetada. Pudo ver, al salir, la mirada desconsolada de su hermano, desfalleciendo en la silla. Decidió pensarlo mejor, no apresurarse, así que volvió a entrar, fue al baño, recuperó la jeringa e inyectó a Juan, que para ese momento había perdido la conciencia. Pasó cerca de una hora hasta que su hermano volvió en sí. Entonces Pedro le dijo: "Voy a aceptar tu propuesta. Pero con una condición: tenés que dejar de aparecer en televisión y, además, conseguirme un casting para el Bailando 2045, con unas buenas siliconas y un par de clases de baile, cualquiera puede ganar ese concurso". "Hecho", dijo Juan, "¿te vas a cambiar el apellido también?" "No, quiero que el troglodita de tu padre de vueltas en la tumba, sabiendo que su hijo Pedro ahora se llama Mónica y se desnuda en televisión".
Cuando tuvo fuerzas para salir hasta el auto, Juan se levantó de la silla, buscó en su morral, sacó las pilas de billetes, las apoyó en la mesa ratona y salió sin decirle nada a su futura hermana. Manejó unas cuadras, paró en un quiosco, se comió un super-pancho con una gaseosa, un alfajor para el postre, y mientras iba caminando hacia el auto, pensó: "Y este idiota me decía boludo a mi. Cuando le cuente al hijo de Tinelli que tiene que meter en el bailando a una transexual que se llama Mónica Gada, no lo va a poder creer, le van a hacer la vida imposible". Y se subió al auto, y manejó, y se rió sólo, a carcajadas, hasta que se le salieron los mocos de la nariz y escupió un poco, pensando: "Mónica Gada, Mónica gada, Moni cagada, jejeje".
el texto supera el mero ejercicio y se lee con placer e interés.
ResponderEliminarel texto supera el mero ejercicio y se lee con placer e interés.
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