miércoles, 6 de mayo de 2015

Perfil de un gymnastēs moderno

Meroro Quieleze o Ezequiel Romero, o el modelo vivo, o el performer, o el estudiante de letras, o el futuro docente. Meroro Quieleze o el hombre en busca de la reconciliación, a cada momento, entre el cuerpo y la identidad.
Nació en 1973, en el barrio de Caballito, cerca del Parque Rivadavia. Fruto de un matrimonio que había perdido un embarazo, fue la consumación de ese anhelo. Creció influenciado por una vecina que lo acercó al rock nacional y a la lectura de Hermann Hesse, Thomas Mann, entre otros. Siendo niño fue aceptado en un colegio católico donde su padre había trabajado, poco tiempo antes de morir: estuvo catorce años becado en el Cristo Obrero, bajo la tutela de un cura polaco curtido por la guerra, -de quien recuerda que era severo pero afectuoso- y que decidió cumplir la voluntad de Romero padre.

Siendo adolescente decidió comenzar una búsqueda de gente que fuera "distinta", como él se sentía en ese momento. Se acercó al cine europeo, en el Cineclub Hebraica, y comenzó a cartearse con desconocidos a través de un diario que facilitaba esos diálogos. Por una casualidad, quizás, comenzó a intercambiar misivas con un tal Walter, quien resultó ser uno de los pioneros de la performance en Argentina, Batato Barea. Gracias a él se acercó a un método para su búsqueda de la identidad, la puesta en escena de una de las posibilidades, de una de las tantas máscaras que puede vestir Ezequiel Romero: -"¿Máscaras? Creo que usan todo el tiempo máscaras las personas (risas) El maquillaje es una máscara, la ropa es una máscara, todo es una máscara...qué pasaría si la gente NO usara máscaras, eso sería lo interesante. La gente podría usar máscaras, podría levantarse y querer elegir una identidad y ponérsela y ser esa máscara durante ese día o durante esos días."

Los múltiples ribetes de su personalidad dificultan un tratamiento ordenado de su perfil: las anécdotas de su juventud, sus encuentros con objetos "desechados por otros", su religiosidad nacida desde el rechazo a la normalización, su aceptación de la diferencia, su conciencia del lugar y el momento pertinente para cada máscara, su reencuentro con el cuerpo. Decidió compaginar la formación universitaria con una búsqueda personal dentro de un género que parece ajeno al mundo de la educación formal. Decidió dedicarse a la docencia para saldar esa brecha, para compartir las experiencias y los hallazgos hechos a lo largo de esa formación autodidacta: -"Yo durante mucho tiempo despotriqué de este lugar, me fui como dice Thoreau a 'chuparle el tuétano a la vida', a extraerle eso que acá no estaba, porque acá es la vida pero también es otra cosa. Me fui pero también volví, porque en algún modo es todo un trayecto, la educación es un trayecto que recorre todas nuestras vidas, entonces de algún modo tenés que reconciliarte con eso y que eso sea algo productivo. Para mí este momento es productivo porque yo soy otro, ya no tengo la misma edad que cuando ingresé, porque fueron pasando los años, fueron pasando las cosas y bueno, lo que yo propondría ahora es un Taller de Performance en Extensión Cultural, que todavía no ha sido aprobado pero quizás en algún momento sea posible hacerlo, que experiencias de ese tipo... me parece que todas las Universidades tendrían que tenerlo, no solamente esta porque sea de Humanidades, porque haya Artes o porque haya Filosofía o Letras, sino que todo el mundo podría hacer performance, para mí."

Una sensación de falta de pertenencia, definitiva, lo acompañó también en uno de sus primeros trabajos, un café-concert de la calle Corrientes, donde trabajaba en el guardarropas y limpiando. Allí descubrió, asqueado por el calor pegajoso y el hastío, que la falta de correspondencia entre la vocación y la ocupación también definen: "sentirme absolutamente hinchado de tener que hacer ese trabajo, que no era para nada lo que quería hacer. Esas cosas también te transmiten "esto no es lo mío", pero claro, no importa, uno descubre lo suyo cuando no está en lo suyo."

Cursando la carrera de Letras conoció a un profesor que lo motivó a operar sobre su propio nombre: "nos decía que él se llamaba Boris David Viñas. Para él era terrible, porque se llamaba como un monstruo, porque Boris Karloff era un actor de películas de terror y los chicos lo humillaban mucho. Entonces él también se quitó el Boris. Escucharlo a él como hablaba de las operaciones que los escritores hacen con sus nombres, los artistas en general, es también un poco interesante para mí."

Vivió experiencias como la del Gimnasio Filosófico, un taller dirigido por un sociólogo donde se intentaba articular el ejercicio físico con la formación filosófica. Esto lo acercó al yoga, la expresión corporal, la recuperación del cuerpo que es fundamental para el arte performática. Sus idas y venidas de la Universidad coincidieron con ese proceso de reconciliación con su cuerpo: "Muchos años tuve una relación nula con mi cuerpo, todos los años peregrinaba para conseguir un certificado médico que me permitiera no hacer gimnasia en el colegio, porque no quería ir fuera de mi horario de cursada, no quería verme con mis compañeros varones. Entonces tuve como una cuestión sistemática de todos los años no querer hacer gimnasia, y ya de por sí era una persona que estaba mucho frente al televisor, mucho leyendo. Había un sedentarismo muy fuerte. El cuerpo siempre fue como algo negado, no visibilizado. Sí por ahí por el lado del cuerpo vestido, como que la ropa siempre me interesó mucho."

A partir de ese interés por el cuerpo y la ropa, comenzó a trabajar como modelo vivo. Una de sus performances nació precisamente en ese contexto. Cuando se estaba desvistiendo, para comenzar a modelar, descubrió que había formado un cuerpo con las capas de ropa que se había quitado. Esto motivo la performance "Ropero Romero", donde acuño la idea de que "la ropa es la vasija de la conciencia", el interés por lo ausente, "que tiene que ver con aquello que dicen los orientales de que lo más importante de la vajilla es el vacío, lo que puede contener. Entonces yo ahí vi lo que no estaba, que era mi cuerpo, pero a su vez lo que estaba, que era la conciencia de ese cuerpo, ausente, de algún modo."

Las nociones de "momento", "encuentro" y "vestigio" recurren constantemente en el discurso de Ezequiel. Su definición de arte como experiencia vivencial, como fenómeno inabarcable con las palabras, imposible de normalizar, dan luz a una aproximación del arte como "un arte relacional, más de personas que se encuentran, que a veces puede ser material o a veces puede ser inmaterial". A lo largo de la charla se nota la contradicción que existe entre su relación personal con la materialidad y su elección por una forma de expresión que puede o no ser efímera, pero sobre la cual no manifiesta una posición de curador o conservador: "cuál es el objeto que se produce, si es que se produce objeto? cuál es el lugar en los archivos de esas cosas, porque hay alguien que tiene que hacer el archivo, hay alguien que tiene que hacer los libros, de compilar las fotos y las cosas, pero a mí no me interesa para nada eso, si todo lo que yo hice se perdiera no me importaría la verdad, porque me parece que está también en lo efímero, en la impronta, en lo que yo considero".

El arte de Meroro Quieleze, como él mismo, sufren el proceso de la constante redefinición de la máscara, una búsqueda que, parafraseando a Ortega y Gasset, sería la del ser en su circunstancia, inútil de ser fijada, efímera o no, según el capricho de su autor. En la expresión corporal, en los pequeños movimientos que hace al explicarnos su interés por las texturas, o los que haría más adelante al tomarse un café con nosotros, se descubre que está en un permanente proceso de diálogo entre su cuerpo y sus identidades.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho el perfil de Ezequiel. Me parece que está muy bien seleccionada -y ordenada -la data la entrevista. Toda la escritura es un reflejo de cada escritor y me parece interesante el encuentro con personalidades opuestas a la mía (caótica, desordenada, surrealista) . Trabajar juntos durante el cuatrimestre me enriqueció mucho.

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