lunes, 18 de mayo de 2015

Escena de lectura

Recuerdo estar de noche en el living de mi casa, con diez u once años, viendo a mi hermano leer un libro en el fondo de la habitación, alumbrado únicamente por un velador. Hacía poco que nos habíamos mudado, mis dos hermanos, mi madre y yo, y era común que estuviéramos a poca distancia el uno del otro, tan cerca del horario de la cena. En esa ocasión, lo que más me llamó la atención fue, primero,  que se hubiese aislado para concentrarse en ese libro y, segundo, que no me dejara verlo por miedo a que lo dañara. Durante un tiempo, hasta que terminó de leerlo y continuó con otros de similares características, tuve que contentarme con observar su portada: unas letras negras sobre un marco dorado, el dibujo de un dragón sobre una pila de monedas, un reflejo dorado. El libro era El Hobbit, de J.R.R. Tolkien, y fue el primer libro de esa envergadura que leí, todas las noches, antes de dormir, durante unas semanas. Luego tuve que esperar a que mis hermanos terminaran con la trilogía de El señor de los anillos, y que perdieran el temor a prestarme sus libros, tarea ardua para un niño. Dieciséis o diecisiete años después, todavía recuerdo la impresión que ese libro me causó, y ya un poco más curtido en mis lecturas, descubrí que el autor de esos libros que marcaron mi niñez había sido, además, la máxima autoridad en el mundo académico al que hoy dedico mis sesiones nocturnas de lectura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario