Recuerdo estar de noche
en el living de mi casa, con diez u once años, viendo a mi hermano leer un
libro en el fondo de la habitación, alumbrado únicamente por un velador. Hacía
poco que nos habíamos mudado, mis dos hermanos, mi madre y yo, y era común que
estuviéramos a poca distancia el uno del otro, tan cerca del horario de la
cena. En esa ocasión, lo que más me llamó la atención fue, primero, que se hubiese aislado para concentrarse en
ese libro y, segundo, que no me dejara verlo por miedo a que lo dañara. Durante
un tiempo, hasta que terminó de leerlo y continuó con otros de similares
características, tuve que contentarme con observar su portada: unas letras
negras sobre un marco dorado, el dibujo de un dragón sobre una pila de monedas,
un reflejo dorado. El libro era El Hobbit,
de J.R.R. Tolkien, y fue el primer libro de esa envergadura que leí, todas las noches,
antes de dormir, durante unas semanas. Luego tuve que esperar a que mis
hermanos terminaran con la trilogía de El
señor de los anillos, y que perdieran el temor a prestarme sus libros,
tarea ardua para un niño. Dieciséis o diecisiete años después, todavía recuerdo
la impresión que ese libro me causó, y ya un poco más curtido en mis lecturas,
descubrí que el autor de esos libros que marcaron mi niñez había sido, además,
la máxima autoridad en el mundo académico al que hoy dedico mis sesiones
nocturnas de lectura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario